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Puede sospecharlo. En muchas ocasiones, los espectadores habrán explicado lo que sienten mas nunca terminarán de contarlo porque lo que a uno le queda rondando la cabeza, dando vueltas por el corazón, escrito en el alma o perdido en la mirada es, como algunas cosas, personal e intransferible y sólo sabe uno tenerlo, no contarlo. Anoche, tras cautivar al público y ponerlo del revés con versiones jazzisticas de coplas y pasodobles, Tito Alcedo y Nono García, dos guitarras nada más -y nada menos- en el escenario me dejaron rondando por el alma un tema de Django Reinhardt, "Tears" -lágrimas dicho en inglés- que tengo ya para siempre en la memoria de las cosas mejores. No me pidas que lo explique porque no sé. Lo tengo y eso es lo bueno. Si además de sentir la emoción de la música interpretada en directo, con la interacción de la emoción de los músicos, el sudor y los ojos chispeantes mirándose y entendiéndose, te regalan acordes inolvidables para la eternidad y te acuerdas de lo atento que está siempre este público que llena la Uned. Y haces memoria y ves que se levanta a aplaudir entregado a una banda de veinte músicos con potentes metales y vuelve a hacerlo vitoreando a dos guitarras nada más -y nada menos- en el escenario, te das cuenta que sólo el jazz puede conseguir eso. Sólo la complicidad y la implicación que el jazz consigue con el espectador, creándole expectativas hermosas al comenzar los solos, obligándole sutilmente al reconocer las melodías y a aplaudirlos, siendo conscientes de que siempre un tema de jazz vuelve al principio, te es ya familiar y, aunque es una música muy elaborada, cala muy hondo. Los aficionados al jazz saben, además, que la fuente donde Tito Alcedo bebió, desde el principio es Django Reinhardt ese músico gitano europeo -belga de nacimiento- analfabeto, guitarrista con dos dedos menos en una mano, cuya música fue la banda sonora de la resistencia europea contra el nazismo, que se plantó delante del firmamento de músicos norteamericanos y los hizo pensar y los hizo caer en la cuenta de que en Europa había música también. Y si encima, a los temas de Django -Lágrimas y Sueño Gitano- se le van cayendo falsetas flamencas entreveradas con acordes del más puro jazz y escalas imposibles interpretadas con pasmosa naturalidad, si encima los ecos del sur resuenan despacito en todos los movimientos y palabras de la música sin palabras de ese jazz: si encima la potencia y el buen gusto llega, a veces a anudarte la garganta y a veces al asombro y parecerte mentira lo que estás viendo, resulta que empiezas a amar esta música de la libertad, esta música del alma. Y si también tienes la suerte de que en dos temas, se suba Llibert Fortuny -un joven y reconocidísimo internacionalmente saxofonista- y sople el saxo como si el mundo se acabara esa noche… si encima pasa esto, uno no puede más que pensar, hoy veintitrés de febrero, que llueve y hace frío, que hay veces que el destino te guiña un ojo diciéndote: ¡Hala, para que no te olvides! Amo esta música, creo que se nota.
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